El cementerio y el volcán

I

El cementerio

Ayer llegué al salón emocionado porque era el día que instalaríamos el cementerio de los mártires. Isa, quien propuso la acción, había llegado antes muy preparada.

El cementerio de los mártires es una pequeña pieza colectiva formada por un conjunto de bordados, todos iguales porque tienen la misma figura que representa una tumba, pero todos diferentes como sus bordadoras.

El muro de las escaleras que delimita el café fue el lugar elegido, allí pegamos una bandera palestina de papel en la que cada quién escribió el nombre de una víctima del genocidio.

Mi bordado lo dediqué a Ahmed al-Kahlout, escritor y gestor cultural palestino asesinado el 4 de febrero de 2024. Sin conocerle aún le lloro, a él y a todas las víctimas de la cruel masacre que parece no tener fin.

Nuestro cementerio es pequeño y frágil pero bello. Pende de un hilo en un entorno repleto de imágenes, cuerpos que se mueven y sonidos insesantes. Como ellas, como nosotras, como el mundo, nuestra pieza tamién pende de un hilo.

II

El volacán

Hoy es el cumpleaños 9 del pequeño viento y fue muy específico en que no quería que comprara un pastel para festejarlo, sino que lo cocinara yo. Y no es cualquier pastel, sino una tarta-volcán de chocolate.

Afortunadamente me pasó la receta que aparece al final de su novela gráfica protagonizada por un pequeño diablo sin cuernos a quien se le cae la cola. Desde ayer conseguí los ingredientes faltantes y el molde del volcán.

Después de dejar al pequeño viento en la escuela, me puse a preparar el volcán. No fue sencillo porque la receta no especificaba el tamaño de la tarta y mi molde era muy grande, tuve que improvisar a costa del caos en la cocina pero al parecer salió bien.

III

Acá estamos

Tengo una pila de trastes esperando, pero me senté a escribir animado por Inés. Y mientras escribo suena una canción de Manu que comienza con la voz de una mujer diciendo: «y acá estamos, luchando con todo el dolor del mundo, acá estamos».

En la tarde nos reuniremos para festejar al pequeño viento con su tarta-volcán de chocolate, creo que le gustará mucho, y acá estamos. Con todo el dolor del mundo, pero también con todo el amor del mundo, con un cementerio y un volcán.

«Agua que mata la muerte no se compra con nada… no estamos solos, no estamos solos… acá estamos.»

Título: El cementerio y el volcán

Año: 2026

Lugar: Facultad de Filososfía y Letras de la UNAM/ Pueblo de Santa úrsula Coapa, CDMX

Tres barcos a Gaza

I

Hace ocho meses, el pequeño viento vino a conocer mi estudio/dormitorio. Acababa de llegar la lavadora que acomodé apretada en el baño, la entrada de agua de la máquina la conecté al viejo calentador, que también está en el baño, y la manguera de desagüe la fije junto al lavabo.
Observé que, cuando la lavadora terminaba de enjuagar, el agua sucia salía con cierta presión en el lavabo y generaba un remolino, se me hizo divertido y le propuse al pequeño viento hacer barquitos de papel para jugar con el agua sucia que giraba en el lavabo.

Cuando terminamos de jugar, los tres pequeños barcos estaban mojados, blandos, derrotados, los pusimos en un estante e hicimos otras cosas.
Días después, cuando ya se había ido el pequeño viento, observé los barquitos de papel, ya estaban secos y se veían muy bien, como si no hubieran pasado por aquella tormenta de agua sucia. Por alguna razón no me podía deshacer de ellos, así que los acomodé en la base del calentador y pasaron a ser parte de la decoración del baño.

II

Para llegar a Gaza hay que cruzar el océano. Mucha gente ya lo está haciendo, ayer me enteré de eso y mi corazón comenzó a arder. Pero no puedo dejar la ciudad, y aún así me imaginé subiendo a un barco y ser parte de esa marea de dignidad. Me emocionó mucho la idea, de tantos navíos juntos, intentando tocar tierra… y entonces recordé nuestros barquitos y sentí una enorme conmoción. Era de noche, los quité de su lugar, los saqué del baño, les pinté con plumones franjas de color negro, verde y rojo, estaba cansado y me quedé dormido.

III

Hoy en la mañana me alisté para ir al trabajo, antes vería el pequeño viento para desayunar, sin pensarlo mucho, tomé los barquitos y los guardé en la maleta de la cámara, me fui emocionado a su encuentro. Cuando lo vi, le conté mi idea de mandar nuestros barcos a Gaza, él se puso sus botas de plástico y salimos a buscar un charco, lo encontramos, colocamos los barquitos y los observamos moverse lentamente mientras se humedecían.

El pequeño viento me preguntó si los dejaríamos allí, le respondí que sí y me dijo que sentía tristeza porque le recordaban cuando jugamos en mi estudio, me esforcé por contener las lágrimas y le dije que, entre todos, teníamos que intentar detener el genocidio.

Él estuvo de acuerdo e incluso sugirió echarles una cubetada de agua para que pronto llegarán al desagüe cercano. Le comenté que no era necesario y que maś tarde la lluvia haría su trabajo y nos fuimos a desayunar.

IV

Estoy escribiendo estas líneas de trayecto a la oficina, estoy a punto de llegar y sigo conmovido. Me imagino la larga travesía de los barquitos que llegarán a la coladera, atravesarán la ciudad por el drenaje profundo, llegarán a un río y luego al mar. Estarán casi deshechos, serán irreconocibles cuando toquen tierra, pero cuando salga el sol se secarán, como cuando soportaron el remolino del lavabo.

Tres pequeños barcos de papel no detendrán el genocidio de Israel, pero mil barcos, bicicletas, papalotes, autos, planeadores, lanchas, globos y gente a pie sí podrá detenerlo.

Título: Tres barcos a Gaza.

Año: 2025.

Lugar: Pueblo de Santa Úrsula Coapa/ Colonia Avante, Ciudad de México.